Lunes, 25 de Junio de 2018

La Lucha por el Estado Laico.

Sábado, 20 Enero 2018 02:52

En general, no se puede hablar de Estado burgués costarricense sin su contraparte religiosa. Esta es la conciencia distorsionada sobre la vida social y civil que se hacen las masas oprimidas y explotadas, y que tiende al reforzamiento de la propia vida de opresión en el capitalismo: la explotación de la clase obrera, la opresión a las mujeres y el derecho sobre su cuerpo, la unión de personas del mismo sexo, el aburrimiento cultural de amplias masas cuya única satisfacción relativa pasa por la cultura ligada a la Iglesia, etc.

Por: Esteban Fernández

 

 

Marcha de Invisibles del 2012 Marcha de Invisibles del 2012

 

Introducción:

 

La mayor parte de este artículo fue escrito de cara a la Marcha de Invisibles, en el año 2012, que fue un punto alto de movilizaciones feministas, pro derechos LGBT y exigencia del Estado Laico, en un periodo de intensas movilizaciones por parte de la clase trabajadora contra el gobierno de Chinchilla y también contra las provocaciones reaccionarias del hoy defenestrado Justo Orozco a la comunidad LGBT. Un lustro después creemos que el artículo ayuda a comprender cuál es el alcance que tiene la pelea por el Estado laico, en el marco de una lucha más amplia por abandonar el capitalismo y avanzar en un sentido revolucionario al socialismo. Es por ello que lo presentamos nuevamente con algunas modificaciones. Dejamos de lado, por ahora, todo el debate -muy necesario- sobre los Derechos Humanos -burgueses- como orientación estratégica para enfrentar las tareas feministas, LGBT y por el estado laico.

 

Burguesía, religión y Estado

 

En su desarrollo histórico, la burguesía tuvo en Europa y América una posición ambivalente respecto de la religión. Por un lado, luchaba por la separación entre Iglesia y Estado. Por otro lado, mantenía la religión como asunto “personal” para asegurar la coherencia cultural y simbólica de la sociedad civil.

 

Maquiavelo sostuvo que solo debía haber un poder centralizado, el Estado, y en ese poder ninguna Iglesia debía intervenir, pero considera que el Príncipe debía aparentar ser piadoso, para lograr la unidad nacional. Spinoza, al tiempo que luchaba contra la jerarquía eclesial y por un Estado democrático, impulsó una hermenéutica bíblica que instaurara una nueva forma de relación religiosa. Feuerbach abogaba por una nueva religión… Incluso la burguesía en su momento revolucionario, con Robespierre a la cabeza, luego de haber luchado contra la Iglesia católica francesa, implantó la religión de la Razón y al Ser Supremo como medio para articular una identidad nacional y cultural. Eso sí, invariablemente, frente a las jerarquías eclesiales los mencionados sostienen el carácter privado de la Iglesia frente al carácter público y político del Estado. Una figura característica es Martín Lutero, que con su reformismo político encontró la manera de que una auténtica revolución campesina se derritiera entre la Escila de la revolución y la Caribdis de la contrarrevolución (1), creando así el movimiento de Reforma y no el movimiento de la revolución campesina, después ideológicamente explicado por Weber como el origen de la racionalidad capitalista y que básicamente implica el advenimiento de una relación estable entre las religiones cristianas, sus jerarquías, y los nuevos estados capitalistas.

 

Para fundar sus Estados políticos, la burguesía ha necesitado lo que Hegel llama un mundo ético, “el mundo desgarrado en el más acá y en el más allá” (2). Este mundo ético (la coherencia cultural y simbólica de la sociedad capitalista que señalamos arriba) contiene el “más acá”, la ley y la policía del Estado burgués; y el “más allá” es su complemento subjetivo, religioso, que nos hace obedientes frente al Estado burgués. Para garantizar esa obediencia, el Estado no interviene, sino que lo hace la Iglesia.

 

Entonces, la relación más general entre Estado e Iglesia es contradictoria, pues la burguesía quiere a la Iglesia lo más alejada de los poderes formales del Estado, pero le concede la formación cultural e intelectual de la sociedad.

 

En este sentido de identidad dialéctica entre el estado burgués y la religión es que Marx indica: “Y ciertamente la religión es la conciencia de sí y de la propia dignidad, como las puede tener el hombre que todavía no se ha ganado a sí mismo o bien ya se ha vuelto a perder. Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es su propio mundo, Estado, sociedad; Estado y sociedad que producen la religión, conciencia tergiversada del mundo, porque ellos son un mundo al revés. La religión es la teoría universal de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica popularizada, su pundonor espiritualista, su entusiasmo, su sanción moral, su complemento de solemnidad, la razón general que la consuela y santifica” (3).

 

En todo caso, como bien señala el expresidente Castro Madriz: “No hay línea bien marcada y recta que separe los derechos del Estado y de la Iglesia. En varios puntos se confunden y de aquí tantas cuestiones de difícil solución. Una autoridad incrustada en otra autonomía es un elemento de frecuentes discordias” (4).

 

Génesis histórica del Estado confesional en Costa Rica

 

La Iglesia fue sierva de la Corona española durante la colonia y, como señala Monseñor Sanabria, no se puede hacer una separación entre ambas. Durante la independencia, el alto clero fue monárquico y se enfrentó con todas sus fuerzas a la causa independentista (5) donde pudo. No existió acá una especie de “cura jacobino” tipo Miguel Hidalgo en México.

 

Como nuestra independencia fue un hecho consumado en México y en menor medida en Guatemala, los políticos burgueses convirtieron a la Iglesia en un instrumento de cohesión social de los nuevos Estados, ya que por sí mismos eran incapaces de lograrlo. También la usaron como un esfuerzo por alcanzar reconocimiento internacional por medio del apoyo del Vaticano.

 

En Costa Rica, los gobernantes burgueses en su esfuerzo por construir un Estado diferente del resto de Centroamérica se avocaron a construir una diócesis propia, en San José, que separara los asuntos religiosos del Cabildo de León, en Nicaragua. Así, en 1840 escribía reaccionariamente Braulio Carrillo: “desengañémonos, dos familias diferentes no pueden vivir bajo un mismo techo; nosotros debemos tener lo nuestro”. Monseñor Sanabria hace una interpretación reaccionaria, pero clarísima: “Familias diferentes eran Nicaragua y Costa Rica, antes de la independencia, solo que esta hizo resaltar más aún las diferencias. Nuestros próceres no podían hacerse a la idea de que siendo en todo y por todo independientes de Nicaragua en lo político, no lo fueran en lo religioso” (5).

 

El mismo Carrillo se encargó, en acuerdo con todo el personal político burgués, de pedir al Vaticano en 1841 la creación de la diócesis de San José e incluso llegó a “ofrecer que el Gobierno dotaría la silla episcopal con tres mil pesos anuales pagaderos de la masa decimal (el diezmo E.F), y en su defecto de las rentas públicas” (6).

 

Esta disputa entre mezquinos intereses burgueses, que prefirieron a Centroamérica fragmentada en minúsculos y pobres estados, llegó al punto en que el presidente Mora (7) prefería un Obispo español o romano a uno centroamericano no costarricense, pues “pasaba entonces por Costa Rica una ola de nacionalismo en oposición al centroamericanismo. A todo trance había que evitar que el Prelado sirviera de pretexto cuando no de medio a cualquier centroamericanización de Costa Rica” (8)

 

Sin embargo, el rol de la Iglesia no se limitó a ser instrumento de cohesión nacional-burguesa, pues había muchas otras contradicciones entre Estado e Iglesia, que se enmarcaban en el carácter privado de la Iglesia con su jerarquía propia. Por ejemplo, la Iglesia confundía en ocasiones sus propiedades institucionales con propiedades de carácter privado de la burguesía rural e imbécil de la época. Esta dualidad de la propiedad, desde el punto de vista del derecho burgués, es un problema.

 

Además, está la contradicción entre los preceptos religiosos y la formación política que había heredado una pequeña facción radical de la burguesía centroamerica desde la Revolución Francesa y algunos decenios antes. A esta formación política, revolucionaria y atea, la Iglesia denominó “filosofismo”.

 

La manera en que se solventaron estas contradicciones entre opresores y explotadores fue reaccionaria: con el Concordato de 1852.

 

El concordato

 

En el Concordato se estableció que el catolicismo es la religión oficial del Estado de Costa Rica, que la educación será impartida de acuerdo con la doctrina católica y que la Iglesia “supervigilará” que no se enseñe nada contradictorio a la religión. Se le dio el derecho a la Iglesia de censurar libros, se reconoció la inviolabilidad de la comunicación eclesial que es el principio de reconocer “un imperio dentro del imperio”. Se eliminó el diezmo y la financiación de la Iglesia corrió en adelante por el Estado, y se reconoció el “Patronato”, o sea, la potestad del Estado de sugerir quién debería ocupar los altos puestos del clero.

 

También se permitió un fuero especial a los clérigos con causas judiciales, así como la potestad de la Iglesia de aplicar el derecho canónico en la corrección de clérigos. Se aprobó que la Iglesia pueda ser propietaria de bienes, con el “plus” de que estos no cubren a deudores, son inembargables, y no pagan impuestos. Y para cerrar con broche de oro se afirmó la aspiración del Estado a “traer civilización” a las poblaciones indígenas, así como el deber de la Iglesia de “hacer preces” (o sea rezar en las misas) por la salud del Estado y el Presidente. Todo lo anterior con el objetivo de hacer “buenos y leales costarricenses” (9).

 

Se puede observar una colección de acuerdos reaccionarios y opresores mezclados con los principios civiles de la vida social impuesta por la burguesía, cuyo objetivo es la convivencia estable de dos esquemas opresivos para la fundamentación de una República religiosa y burguesa. El Concordato reconocía a Costa Rica como república independiente y a cambio de este reconocimiento de existencia, la burguesía le cedía amplios poderes a la Iglesia Católica. También la Iglesia se convierte con el Concordato en una institución de carácter no-público que utiliza la burguesía para resolver sus asuntos entre telones y no de manera pública.

 

Este concordato se ha aplicado siempre, aunque no con toda la intensidad, con la excepción del periodo liberal de la burguesía, de expulsión de la Iglesia a finales del siglo XIX, que se dio como un conflicto por “arriba” sin que el cuestionamiento crítico de las estructuras y concepciones religiosas haya pasado por las masas populares.

 

Más adelante, durante la Guerra del 48, la ideología del Partido Comunista y de Liberación Nacional no permitieron un cuestionamiento crítico sobre este importante asunto que afecta prácticamente toda la superestructura del Estado costarricense.

 

Incluso la renegociación que se estuvo llevando a cabo en 2012 entre el Gobierno y la “Santa” Sede no buscaba remover los principales acuerdos opresores del concordato. Es muy importante recalcar y tener claro que, salvo algunos intelectuales, la burguesía no demuestra el menor interés por liberar a la sociedad costarricense de las trabas que le impone la confesionalidad.

 

En general, no se puede hablar de Estado burgués costarricense sin su contraparte religiosa. Esta es la conciencia distorsionada sobre la vida social y civil que se hacen las masas oprimidas y explotadas, y que tiende al reforzamiento de la propia vida de opresión en el capitalismo: la explotación de la clase obrera, la opresión a las mujeres y el derecho sobre su cuerpo, la unión de personas del mismo sexo, el aburrimiento cultural de amplias masas cuya única satisfacción relativa pasa por la cultura ligada a la Iglesia, etc.

 

Ahora bien, en la medida en que la Iglesia Católica ha tenido un debilitamiento histórico debido a sus escándalos de corrupción, pedofilia y orgías entre curas, y también en la medida en que los viejos partidos obreros han retrocedido dejando a la clase obrera desorganizada, hemos visto como en Costa Rica y otros lugares del mundo, el protestantismo evangélico se ha desarrollado sobre todo sobre sectores de la clase trabajadora. Esto, si bien es cierto cambia un poco el lugar de la Iglesia Católica en la sociedad, no modifica para nada la función educadora y de edificación cultural de la religión en la sociedad capitalista, más bien todo lo contrario, la refuerza, al punto que las iglesias evangélicas han empezado a jugar un rol político significativo.

 

Perspectiva estratégica: el cuestionamiento del orden burgués

 

En términos generales, en la historia del proyecto socialista de origen marxista, la posición clásica es luchar por la independencia de la religión frente al Estado burgués. Esta lucha la complementa la confianza en que la movilización cada vez más politizada de masas vaya borrando los prejuicios religiosos. A esto se le suma una durísima, pero no irrespetuosa propagandización de la ciencia y la filosofía materialista. Esto basado en el criterio crítico de que somos los seres humanos los que hacemos la religión, no en sentido contrario.

 

Ahora bien, como estamos en presencia del cuestionamiento del carácter confesional del Estado por parte de sectores amplios e incluso de fragmentos de masas con enjundia democrática, lo que, por lo menos respecto de lo que hemos podido rastrear, parece ser una situación relativamente nueva para las sociedades centroamericanas, la reivindicación democrática por el Estado laico, si es que hay más movilizaciones independientes a la burguesía, podría terminar deteriorando al conjunto del Estado burgués al debilitar a sus compañeras inextricables: la Iglesia y la religión, dando paso a una situación de crítica de la identidad nacional-religiosa.

 

En nuestra opinión hay que construir un frente único de diversas organizaciones que aglutine a todos y todas quienes quieran luchar por el estado laico, que exija la ruptura de relaciones con la Iglesia Católica Apostólica y Romana, la ilegalización de los partidos religiosos y que plantee una Asamblea Nacional Constituyente promovida desde amplias masas democráticas para luchar por un auténtico estado laico, que enfrentará en este sentido a la propia sociedad capitalista y sus instituciones y que por lo tanto deberá asumir formas de organización política y social de carácter socialista revolucionario.

 

 

Notas:

1) La Guerra de los Campesinos en Alemania. Engels, F. en https://www.marxists.org/archive/marx/works/1850/peasant-war-germany/index.htm

2) Fenomenología del Espíritu, p. 304. Editorial Rescate, Buenos Aires. 1991.

3) Introducción a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, Marx, K. Antídoto: Buenos Aires, 2006.

4) Citado por Monseñor Sanabria en su biografía de Anselmo Llorente y Lafuente, p. 78. Editorial Costa Rica, San José, 1972.

5) Ver el libro 1884 El Estado, la Iglesia y las reformas liberales, de Ricardo Blanco, de Editorial Costa Rica, 1984.

6) Op cit, p. 32.

7) Op cit, p. 38

8) El mismo que la ANEP del burocráta sindical Albino Vargas trata como un “héroe de liberación nacional”.

9) Op. cit, pp. 44-45

10) Op cit, p. 140.

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