Sábado, 18 de Noviembre de 2017

Fidel Castro y los revolucionarios de la región.

Sábado, 26 Noviembre 2016 19:36

Figuras como las de Toussaint las encontramos en toda la historia de los revolucionarios de la región. Sea Zapata o Villa, Sandino, etc. Y por supuesto, de manera indiscutida, el “más bonaparte” de todos los revolucionarios ha sido quien ayer murió, el señor Fidel Castro.

 

Por: Esteban Fernández.

 

La muerte de Fidel Castro es el anuncio de que ha terminado una época. Una generación de dirigentes revolucionarios ha desaparecido de la Tierra. Viviendo en Costa Rica es como si recién ahora iniciara el siglo XXI.

No podía ser de otra manera pues la revolución cubana es el hecho político más importante de la historia del siglo XX de los países caribeños, dentro de los cuales naturalmente se encuentra Centroamérica.

En el siglo XIX, la revolución haitiana, de alta estima en la conciencia de cualquier revolucionario, inició de manera majestuosa la ola de independencia política en América Latina. La revolución cubana por su parte inició, con un grado enorme de valentía y pundonor revolucionario, un proceso de lucha antiimperialista en la región.

Es indiscutible que sin revolución cubana no habría existido nunca ninguna perspectiva de revolución nicaragüense, ni habrían tenido un lugar predominante las guerrillas en América Latina como método de lucha durante décadas, Miami no tendría identidad alguna y el peso del imperialismo en la región sería infinitamente más denso… en fin, habría sido totalmente otra la historia de América Latina. Tambień la revolución cubana por su carácter antiimperialista ha sido un motor moral para los revolucionarios centroamericanos.

Ha sido heroico el pueblo cubano, que ha resistido el bloqueo económico imperialista de mucho mejor manera que lo pudieron hacer los esclavos revolucionarios haitianos. Cualquier revolucionario debe conscientemente saber cuáles son los peligros de su proyecto político, debe aprender muy agudamente, no para intentar engañar a las poderosas fuerzas de la historia, sino para poder enfrentarlas de la manera en que los hombres y las mujeres lo han hecho siempre que ha sido necesario: de frente, como totalidad, y con métodos revolucionarios, política revolucionaria y teoría revolucionaria. Tocamos acá algunos de esos elementos históricos.

La revolución haitiana fue hecha por esclavos que no sabían leer o escribir y que en muchos casos no sabían siquiera hablar francés, al punto que en el mejor de los casos hablaban francés creóle. Traídos desde Africa y esclavizados por las burguesías francesas, estadounidense y brasileña, los negros eran depositados en lugares enteramente nuevos, con tradiciones incomprensibles y donde a través de la fuerza más brutal (dinamitar esclavos con dinamita puesta en su ano, partirlos en pedacitos que le daban a comer a los otros negros, etc.) los obligaban a trabajar hasta morir. Tal es al menos uno de los orígenes de la riqueza de la república francesa, o del todo poderoso (aunque cada vez menos) gobierno federal.

A esta revolución le debemos el que la esclavitud no fuera abrumadoramente aplicada en la región caribeña. Su caída fue también -como la cubana- a partir de un bloqueo económico que impidió cualquier vida económica independiente y que sumió a Haití en la pobreza más absoluta. Hasta hoy Haití paga su atrevimiento.

En estas condiciones de origen, era natural que en Haití no se produjera un partido revolucionario de negros esclavos, pues el nivel de cultura media de los explotados no permitía eso. Un partido requiere, como mínimo, que haya un acceso a la cultura universal. Esa posibilidad no estaba colocada en Haití. Y es así como el conjunto de las tareas políticas de la independencia y de la revolución cayeron enteramente sobre uno de los pocos negros que sabía leer y que, por su condición de esclavo doméstico, tuvo algo más de acceso a la cultura francesa: Toussaint L’overture. Un negro de quien se dice era uno de esos seres humanos extraordinarios, que aparecen pocas veces en la historia, igual que Fidel.

Toussaint centralizó todo el poder político hasta que sus propios límites, los de su clase y de su isla, le impidieron comprender todas las tareas de la revolución. Un bonaparte revolucionario, para hablar en términos categóricos. Dirigiendo por encima de cualquier organismo, era él contra toda la política de la burguesía ultramarina española, inglesa y francesa.

Figuras como las de Toussaint las encontramos en toda la historia de los revolucionarios de la región. Sea Zapata o Villa, Sandino, etc. Y por supuesto, de manera indiscutida, el “más bonaparte” de todos los revolucionarios ha sido quien ayer murió, el señor Fidel Castro.

Castro, igual que L’Overture, asumió bajo la forma del Comandante de guerrilla, el lugar de bonaparte revolucionario que las condiciones de atraso cultural relativo de las masas cubanas le ponían, con los límites de su clase y los límites de la isla donde le tocó desenvolver sus tareas revolucionarias.

Estos límites, tanto permitieron el mayor logro hasta hoy alcanzado en cualquier país caribeño incluyendo México, como permitieron después el retroceso de la revolución. Retroceso que, sin embargo no dejará a la región en el mismo punto de donde partió la revolución, sino por arriba de ese mínimo histórico. La independencia política frente al imperialismo, las conquistas sociales en salud, educación, hablan de la potencia que puede desplegar una revolución triunfante. La reintroducción del capitalismo, la entrada de la Iglesia Católica y el retroceso en la independencia política son el resultado de no haber traspasado los límites históricos que mencionamos arriba, tal como le sucedió a la revolución haitiana. Tanto los avances como los retrocesos han pasado indiscutiblemente por la cabeza del Comandante Castro. La transición entre una y otra Castro la hizo dirigiendo una capa de administradores, de burócratas, que impedían cualquier desarrollo democrático-político en la isla.

La burguesía cubana, dependiente hasta el tuétano del capital estadounidense, no podía moverse con independencia política del imperialismo norteamericano, tal como no puede moverse hoy la burguesía mexicana ni venezolana y menos aún la debilísima burguesía costarricense u hondureña. La promesa de independencia política plena es algo que ninguna burguesía de la región puede garantizar por ese enorme grado de dependencia económica. Y como la clase obrera casi siempre se mantiene en un nivel cultural bajo, reflejando el miedo a la independencia política que la burguesía impone en el medio político, entonces resulta que los bonaparte aparecen para dirigir ellos mismos los procesos revolucionarios.

Se apoyan en los campesinos y en la clase obrera, las dirigen, y así establecen sus propios regímenes políticos, donde no entra la actividad revolucionaria de las masas salvo como un medio de aplicación de orientaciones verticales, desde arriba y sin control democrático de ningún tipo. ¡Comandante en jefe, ordene! es la consigna que podría explicar las revoluciones de la región.

Todas las revoluciones tienen su periodo jacobino-bolchevique y su contraparte termidoriana-stalinista, su periodo de avance y retroceso. Las revoluciones son trágicas y constituyen su propia crítica, son la propia demostración de los límites históricos en que la revolución se da. Castro fue tanto el jacobino como el termidoriano. Fue un bonaparte que logró imponerse y ser él mismo el vehículo de la revolución y de la entrega de la revolución.

Los mismos límites que enfrentó L’Overture los enfrentó Castro, lo que les impidió dar cuenta de todas las tareas de la revolución. Los negros en su búsqueda de la libertad humana encontraron la libertad política; las masas cubanas en su búsqueda de libertad política encontraron la expropiación de la burguesía. Ninguno encontró el camino de la completa emancipación humana, de la revolución socialista, ninguno pudo avanzar al socialismo. Frente a los límites fragmentarios que la región impone (la fragmentación política, la fragmentación económica productiva) los revoluciones de la región no han podido hacer frente de conjunto a las tareas que se les imponen.

Parece cobarde hacer este señalamiento respecto de quien recién ha muerto y de quien ha hecho una revolución. Pero no lo es si pretendemos aprender de él y sobrepasarlo. Nuestra revolución social, política y económica no puede detenerse en los límites de una región, como pensaban Zapata y Villa, ni en una isla, como pensaron Dessalines (el sucesor de L’Overture) y Castro. Nuestra completa revolución social es dependiente de los centros cosmopolitas, como bien sabía el bonaparte negro de L’Overture. Es nuestra tarea llevar nuestra revolución a los centros imperialistas, de manera tal que el momento termidoriano-stalinista sea combatido desde el momento uno de la revolución social, de manera tal que cuando la revolución termine, el grado de su profundidad sea tan inconmensurable que no haya espacio alguno para la contrarrevolución. Nuestra revolución debe ser permanente, empezando por los centros políticos de la región, expandirse a todas ellas y después dirigirse al norte.

Para llevar adelante esta tarea, no hay bonaparte revolucionario que valga. Todo dirigente que piense que él será el nuevo elegido de la revolución está condenado a repetir el camino de los bonapartes revolucionarios. La sociedad atrasada de nuestra región, enfrentada a la revolución, dependerá del grado de intercambio y centralización democrática de dirigentes dentro de un único partido revolucionario, formado por dirigentes de todos los fragmentarios estados y de todas las corrientes revolucionarias. En concreto esto pasa por la reconstrucción de la IV Internacional en toda la región. Es esa la principal responsabilidad que se cierne sobre los revolucionarios del siglo XXI, ahora que ya ha terminado finalmente el siglo pasado y que empieza el siglo XXI.

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