Martes, 21 de Noviembre de 2017

Lo que aprendimos de la Revolución Rusa, un siglo después.

Martes, 07 Noviembre 2017 14:30

 

La Revolución Rusa fue el rayo que partió la historia en dos.

 

 

Pedimos disculpas por la falta de modales de iniciar este texto con una cita larga de Hegel.

 

No es difícil ver, por lo demás, que nuestro tiempo es un tiempo de parto y de transición hacia un período nuevo. El espíritu ha roto con el mundo anterior de su existencia y de sus representaciones, y está a punto de arrojarlo para que se hunda en el pasado, está en el trabajo de reconfigurarse. Cierto es que él nunca está en calma, sino que está prendido en un permanente movimiento hacia adelante. Pero, igual que en el niño, después de una larga alimentación silenciosa, la primera respiración interrumpe -en un salto cualitativo- la parsimonia de aquel proceso que sólo consistía en crecer, y entonces nace el niño, así el espíritu que se está formando madura lenta y silenciosamente hacia la nueva figura, disuelve trozo a trozo la arquitectura de su mundo precedente, cuyo tambalearse viene indicado sólo por unos pocos síntomas sueltos; la frivolidad y el tedio que irrumpen en lo existente, el barrunto indeterminado de algo desconocido, son los emisarios de que algo otro está en marcha. Este paulatino desmorononarse que no cambiaba la fisionomía del todo se ve interrumpido por el amanecer, un rayo que planta de golpe la conformación del nuevo mundo.”1

 

Como Marx ha dicho, la revolución se mueve en el nivel de la totalidad. La Revolución Rusa fue el rayo que partió la historia en dos. Al ser la Revolución Rusa, hasta el día de hoy, la revolución más profunda y más significativa de toda la historia humana, entonces hace cien años se movieron, como nunca antes, los cimientos de la propia historia humana, esto es la explotación del trabajo, la esclavización del trabajo femenino, la opresión a decenas de naciones enteras y todo tipo de pueblos, se detuvo la carnicería de la Guerra Mundial, se entregaron derechos democráticos en todos los sentidos, se expropió la industria y la tierra a la burguesía y la nobleza provocando un salto económico adelante de la sociedad soviética, acompañado de un verdadero estallido de ciencia, arte y deporte… en fin, se concibió por vez primera en la historia que se puede vivir sin explotación ni opresión alguna.

 

¿Qué habría pensado el jefe de la revolución esclava antigua -Espartaco- si hubiese visto a Gagarín dando la vuelta al mundo por fuera de él? ¿Qué hubiera pensado Robespierre de ver a Trotsky a caballo ordenando la defensa de Petrogrado ante el ejército imperialista? ¿Qué habría pensado Hegel de ver la unidad de ciencia y política revolucionaria en los primeros años después de la insurrección? ¿Qué habría pensado Marx de un ejército campesino de millones de hombres?¿Qué habría dicho Engels si hubiera conocido a la primer mujer que entró al gobierno en la historia? ¿Qué habría pensado Epicuro al ver que todos los ciudadanos soviéticos se trataban como iguales? La Revolución resolvió en la práctica preguntas milenarias. Y hoy, 100 años después, en medio del silencio oficial de las clases propietarias y explotadoras del trabajo, vemos atrás para reconocer nuestro futuro.

 

La revolución rusa movió, se quiera aceptar eso o no, los parámetros de normalidad de la historia como un todo. Los contenidos de la palabra emancipación cambiaron, al punto que hoy sabemos que una revolución, con todos sus puntos altos o bajos, fue capaz de derrotar al ejército nazi y llegar hasta su capital. Hoy el concepto emancipación integra dentro de sí los verdaderos, concretos y tangibles, desarrollos en ciencia, arte, técnica y tecnología, al punto que se puede esperar combatir de tú a tú con el imperialismo más poderoso. De la emancipación hoy sabemos, mucho más claramente que en tiempos de Marx y Engels, del rol revolucionario de las mujeres. Toda la clase obrera rusa marcó el camino de la auténtica liberación humana.

 

La revolución socialista internacional es posible.

 

Después de la Revolución Rusa podemos saber, sin duda alguna, que podemos ganar, que debemos ganar y que existirán muchas posibilidades para ganar. Sabemos que las naciones oprimidas pueden salir del patriotismo burgués y llegar a un auténtico nivel de universalidad cultural, esto es, de intercambio entre pares de millones de seres humanos con fines socialistas.

 

Aprendimos de ahora y hasta siempre que los comunistas revolucionarios nunca apoyaremos a ningún bando en una guerra imperialista. Que mantendremos siempre una posición en contra de la guerra mundial entre potencias imperialistas. Que no consideramos mejor al burgués que más se pinte de demócrata, porque sabemos que detrás de todo burgués imperialista “democrático”, existe un fascista dirigiendo bombas contra una nación oprimida. Los bombardeos de los imperialismos “democráticos” al final de la Segunda Guerra contra estados en revolución social -Grecia, por ejemplo- no se van a borrar de la memoria en adelante.

 

Aprendimos además que la revolución es terrible. Que la revolución pone los nervios al extremo, que lleva las fuerzas de los cuerpos al máximo. Aprendimos que las masas regularmente no quieren una revolución, hasta que esta es inevitable. Y aprendimos que un partido o incluso núcleos revolucionarios, pueden jugar roles importantes una vez ha empezado la movilización de las masas, y se hace un camino a ciegas hasta la cumbre del poder político del estado. Las masas llegan hasta las puertas de la insurrección, pero sin líderes respetados, serios, estudiosos, militantes y revolucionarios, no hay posibilidad alguna de tomar el poder y partir nuevamente la historia, tal como lo hicieron todos los soviéticos.

 

El poder revolucionario no es el afán de poder de unos cuantos individuos basados en el amor a sus propios egos, o en la más burda aún búsqueda de la riqueza económica en la sociedad capitalista, como pintan los capitalistas a los revolucionarios socialistas. Nuestros egos no alcanzan para cubrir la Revolución Rusa, sino todo lo contrario, la Revolución fue tan grande, que incluso hasta el día de hoy moldea las personalidades de las y los revolucionarios.

 

Nuestro fin, cuya validez ya ha sido demostrado históricamente hace un siglo, es la revolución socialista internacional. Nadie nos baja de ahí. Todo lo demás no va a mover la totalidad de la historia. Ni defender militarmente la patria burguesa ni ganar en su nombre todas las medallas de oro del mundo, y menos siquiera enorgullecerse chovinistamente de cualquiera de las tonterías de moda con que el capitalismo nos entretiene. Defender a un inútil gobierno reformista es una pésima estrategia si se quiere transformar el carácter capitalista y patriarcal de la historia humana.

 

Estrategia revolucionaria y no reformista

 

Por supuesto, de la Revolución Rusa más que de cualquier otra experiencia, hemos aprendido que el reformismo encerrado y apresado ante una revolución socialista, no hace sino pasar a ocupar su lugar en el basurero de la historia. Pocos saben hoy quién es el abogado Kerensky, a pesar de ser sorprendemente parecido a José María Villalta. Tal vez terminen en el mismo lugar si estallase una revolución en Centroamérica por ejemplo. En ese sentido, la Revolución Rusa nos ha preparado por sobre todas las cosas para tomarnos el poder junto y a la par que la clase obrera, los asalariados2 de hoy.

 

Pero también aprendimos cosas negativas de la Revolución Rusa. En primera instancia aprendimos que es un esfuerzo inmenso, agotador, que consume la vida de quienes la dirigen. No decimos esto en un sentido literal, pero tampoco en un abstracto sentido metafórico. Los máximos jefes de la Revolución, con todo el dominio de sí que mostraron durante momentos álgidos y complicados, también cayeron enfermos en otros momentos álgidos y complicados. La perfección no existe y no lo es entonces la revolución. La revolución es el reverso de la guerra. Aprendimos que no hay equilibrio final entre cuerpo y mente, sino tan solo permanente desasosiego y al mismo tiempo adecuación entre ambos dentro de márgenes relativamente amplios. Por lo menos no hay equilibrio para esta época de transición entre el capitalismo y el socialismo.

 

El peso del Estado y el surgimiento de la burocracia

 

Y es por lo anterior que se confirmó históricamente la necesidad específica de usar dos instrumentos fundamentales para la revolución: el partido y el estado. Las masas después de haber tomado el poder deben ser orientadas políticamente no por un manojo de individuos separados, sino por un partido revolucionario que use el estado de manera revolucionaria. Pero, lejos de ser reconfortante esta conclusión como celebra el sectario, es más bien inquietante. El peso del estado es muy grande y por ello genera presiones administrativas sobre el partido, que es naturalmente parte de la sociedad como de un todo. Genera tantas presiones que crea las condiciones para que el poder de la dictadura revolucionaria se use caprichosamente para resolver conflictos políticos internos dentro del partido de la revolución.

 

Esto implicó que dentro del partido bolchevique, por ejemplo, los cuadros de la revolución terminaron en un proceso de Termidor, esto es, un periodo reaccionario y también contrarrevolucionario dentro de la propia revolución. Después de la insurrección y la guerra civil que le siguió, las clases propietarias que habían en el estado soviético -sobre todo los campesinos ricos- alzaron la cabeza e iniciaron una lucha contra el propio estado soviético.

 

La violencia empleada por los administradores del estado soviético, encabezada por Stalin, con la política de expropiación forzada significó prácticamente una guerra civil en el campo a inicios de los 30. Pero esta violencia termidoriana, basada también en prácticas “asiáticas” de dominación se usó también contra todas las facciones opositores y se trastocó finalmente, en una lucha del estado contra la propia población soviética, como una manera de sostenerse al poder a como diera lugar, al punto de alterar burdamente los libros de historia e incluso asesinar a unos dos millones y medio de ciudadanos soviéticos en el 36-38, el momento de consolidación absoluto de una capa de burócratas sin fundamentos teóricos marxistas que enterraron la revolución socialista en el gulag.

 

El partido se puede mantener limpio de las degeneraciones burocráticas a partir del control político de los cuadros. Y consecuentemente el estado también. Pero es claro que los cuadros deben ser cientos de miles, conscientes, firmes y con teoría revolucionaria en la cabeza. Y con ese sostén, entonces se abre la perspectiva para la actividad revolucionaria de las masas.

 

La revolución y la violencia social. Nuestra crítica al Stalinismo.

 

Aprendimos que las y los revolucionarios no ansiamos la violencia. Simplemente sucede que la reconocemos como un hecho no solo en la revolución social, sino en todo el entramado cotidiano y actuante de opresión y explotación sobre la clase trabajadora y las mujeres. Pero creemos que, extrayendo conclusiones de diversos textos de Trotsky, la violencia es circunstancial en las revoluciones, es decir, no se puede ni decidir no usarla nunca ni tampoco usarla siempre. Más bien se trataría de usarla poco y de manera decisiva. Y sobre todo explicando abiertamente, sin secreto alguno a las masas, que hay decisiones que pueden implicar la muerte.

 

No se conoce manera de lograr avances profundos en las sociedades si no se llega hasta las raíces de los problemas. Y en esas raíces encontraremos llanamente lucha de clases. La militancia de la revolución social requiere decisión debido a que las clases que viven de la explotación del trabajo de otros no va simplemente a dejarse quitar todo lo que producen los trabajadores y ellos se apropian. La burguesía y sus acompañantes, como las Coronas y las Iglesias, no dudan en luchar en las calles e imponer con métodos violentos la “paz” social, es decir, la paz para que ellos sigan explotando ininterrumpidamente. De hecho se preparan y establecen sus propios cuerpos especiales para el enfrentamiento, sino ¿para qué es la policía o en última instancia el ejército?

 

No ver eso es no reconocer la realidad, literalmente. Porque la violencia proviene del capitalismo y del estado que defiende la propiedad de los capitalistas. Los 43 de Ayotzinapa, Santiago Maldonado y Berta Cáceres son ejemplos concretos de esto. Es el capitalismo el que produce los campos de concentración. Es el capitalismo el que provoca las guerras en el mundo. Es Trump el que permite la violencia a las mujeres como una característica de liderazgo capitalista y en este caso además patriarcal.

 

La nuestra violencia es revolucionaria. Nuestra violencia es el ímpetu del desarrollo de la revolución. Es la concentración de fuerza inmensa de las masas de una organización de y para los trabajadores. La clase asalariada sufre la esclavitud capitalista y solo luchando se logrará la liberación. Es que esa liberación ya fue logrado históricamente. Fueron grandes esos proletarios rusos que se sacaron no solo a la burguesía de encima sino también, de golpe, cientos sino miles de años de atraso cultural de encima.

 

Nuestra violencia es la derrota nazi. Nuestra violencia no es el campo de concentración ni el gulag, hermanos en la degeneración capitalista. Nuestra violencia no es el terrorismo, ni la guerrilla, ni el asesinato de selectivo de líderes políticos, ni la tortura de la KGB ni de la CIA. No buscamos el asesinato como método de resolución de conflictos.

 

Nuestra violencia es la eliminación de la explotación al trabajo, la destrucción de la apropiación privada de las mujeres por los hombres desapareció y con ello el femicidio, la destrucción de las diferencias entre las nacionalidades y con ella del racismo.

 

Es violencia para acabar con la opresión y explotación, al punto que sostenemos que el inicio de una nueva era histórica será cuando desaparezca el último estado burgués sobre la tierra y que este y no otro es el sentido concreto del llamado a la revolución permanente lanzado por Marx y teorizado ampliamente por Trotsky y organizada por Lenin y el partido bolchevique, la organización más impresionante de que dispuesto haya dispuesto cualquier clase explotada en la historia.

 

Pero entonces, se ve, por nuestra reivindicación de Trotsky, que nosotros detestamos la violencia stalinista. Los métodos que empleó el stalinismo en la consolidación del estado soviético fueron un absoluto fracaso en toda la línea. Nosotros queremos ser el partido que entonces asuma sobre sus hombros la organización no solo de la insurrección sino también de la revolución. La violencia en la lucha de clases no es una invención nuestra. No es una idea que proyectamos contra la sociedad. Nosotros en nuestra política de hecho no hemos ningún llamado semejante. Sin embargo cuando una revolución estalla, siempre es violenta, de otra manera no sería revolución.

 

Por otro lado, el uso sistemático de la violencia con fines políticos fue la principal herramienta de Stalin y su camarilla. La única victoria significativa del stalinismo fue la derrota del nazismo. Y esa única victoria tuvo como resultado el hundimiento definitivo de todas las posibilidades de avanzar al socialismo en la URSS. En un tránsito lento, intentando competir centralmente en el plano técnico y militar con el capitalismo, en lugar de atacarlo políticamente desde un ángulo revolucionario internacionalista, la estrategia stalinista se hundió en el fango de la desmoralización de una sociedad cuyos individuos eran violentados de la peor manera como mecanismo para sostener el inmenso aparato estatal de esos dirigentes gerontocráticos stalinistas, de donde provienen Gorbachov, Yeltsin y Putin.

 

La violencia stalinista la denunciamos ya que fuimos los trotskistas los primeros perseguidos por el estado soviético bajo Stalin, violencia que implicó cuando menos, unos 2 500 000 millones de ciudadanos soviéticos asesinado en 1936-1937, como ya habíamos dicho, y cerca de 20 000 000 de ciudadanos soviéticos muertos por la estrategia escogida por Stalin para enfrentar al nazismo. Nosotros hemos leído Trotsky. Hemos estudiado su pensamiento. Trotsky fue el creador y primer dirigente del Ejército Rojo. Precisamente porque lo hemos leído no podemos asegurar absolutamente3 que la historia hubiera sido diferente. Pero creemos que es muy probable que sí lo hubiese sido. Trotsky tenía más valores culturales, apreciaba más la vida, los colores, era más agudo, más sensible al sufrimiento humano y más inteligente, aunque menos decidido que Stalin. Pero sin temor a error, Trotsky hubiera conducido al Ejército Rojo con otra estrategia durante la Segunda Guerra.

 

La estrategia revolucionaria que aprendimos de la Revolución Rusa

 

Aprendimos con Lenin que:

 

La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De ahí que la victoria del socialismo sea posible primero en unos pocos países capitalistas e inclusive en un solo país, en forma aislada. El proletariado victorioso de ese país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar dentro de él la producción socialista, se alzaría contra el resto del mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países, provocando en ellos la insurrección contra los capitalistas y empleando, en caso necesario, hasta la fuerza militar contra las clases explotadoras y sus Estados. La forma política de la sociedad en la que triunfa el proletariado, derrotando a la burguesía, será la república democrática, que centralizará de modo creciente las fuerzas del proletariado de la nación o de las naciones de que se trate en la lucha contra los Estados que no hayan pasado todavía al socialismo. La supresión de las clases es imposible sin la dictadura de la clase oprimida, del proletariado. La libre unión de las naciones bajo el socialismo es imposible sin una lucha más o menos larga y tenaz de las repúblicas socialistas contra los Estados atrasados.”4

 

Es por ello que, ante todo, la militancia socialista y revolucionaria, busca el poder obtenido de manera revolucionaria, es decir, con la irrupción de masas en la vida política de uno o varios países, con la destrucción del burgués y la creación de un estado obrero, en cualquier lugar del mundo, para de allí impulsar la toma del poder en otros estados  ya que el socialismo solo podrá realizarse plenamente de manera internacional.

 

Es en este sentido nos movemos bajo un programa político que partiendo de los intereses de la clase asalariada y demás sectores oprimidos, reivindique medidas prácticas que hagan una transición entre las actuales sociedades capitalistas y su avance a sociedades socialistas, como la lucha por la jornada de 6 horas laborales, el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, derecho de los campesinos a la tierra, plenos derechos políticos y económicos a la comunidad LGBT, entre otros.

 

En este sentido, desde Organización Socialista estamos en proceso de construir un programa político de transición, mismo que esperamos finalizar antes de fin de año. También estamos en proceso de fundar nuestro periódico para, con esa herramienta, salir a organizar y politizar a la clase asalariada y demás oprimidos de esta sociedad. En ese sentido también estamos en conversaciones para ser parte de la red internacional de La Izquierda Diario, un diario virtual en diversos idiomas, pues consideramos fundamental este tipo de herramientas internacionales para propagandizar y agitar las necesidades más sentidas de las masas explotadas en el capitalismo. Eso también lo aprendimos de la Revolución Rusa. Así preparamos el nuevo rayo que partirá al siglo XXI.

 

 

1Hegel, Fenomenología del Espíritu, p. 65-67. Abada, 2010.

2Excepto los jefes intermedios de las empresas capitalistas, que son esencialmente instrumentos del capital, tal como lo es la policía.

3Porque ya sabemos que en absolutos solo piensan Hegel, el lado Oscuro y las sectas religiosas.

4Lenin, La Consigna de los Estados Unidos de Europa, Obras Completas tomo XXII, 23 de agosto de 1915.

 

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