Sábado, 18 de Noviembre de 2017

La debacle imperialista y el feminismo como moneda de cambio. Reflexiones sobre el mal menor.

Martes, 11 Octubre 2016 19:08

 

Discuten a ver quién es de conjunto el menos reaccionario y entonces evitan que todas las energías progresivas que claramente dormitan en el corazón del imperio salgan a relucir, pues oprimidos y explotados usan como valoración política general quién es el menos malo, en lugar de preguntarse si Clinton o Trump defienden realmente sus intereses.

Por Esteban Fernández.

 

 

El último debate entre Hillary Clinton y Donald Trump tuvo un marcado énfasis en la posición hacia las mujeres en general de ambos. Clinton buscaba que la posición reaccionaria de Trump fuese un impulso definitivo a su propia campaña. Trump por su parte llevó a mujeres víctimas de violencia sexual de Bill Clinton -esposo de la candidata- para de esa manera equilibrar las condiciones del debate. Que se entienda: discutían sobre quién era el más misógino y patriarcal, de manera tal que quien resultase menos misógino quedara mejor posicionado electoralmente.

 

Sucedía en el debate lo mismo que en todos los temas relativos a oprimidos y explotados: sea el derecho al trabajo de la clase trabajadora, la población LGBT o los migrantes. Discuten a ver quién es de conjunto el menos reaccionario y entonces evitan que todas las energías progresivas que claramente dormitan en el corazón del imperio salgan a relucir, pues oprimidos y explotados usan como valoración política general quién es el menos malo, en lugar de preguntarse si Clinton o Trump defienden realmente sus intereses.

 

Este es, tal vez, un rasgo general de la época actual, donde los individuos de carne y hueso que sufren la explotación y la opresión, confían más en un magnate -modelo de vida en el capitalismo- o en una halcón -como se les conoce a los políticos más guerreristas de los Estados Unidos- que dice ser democrática.

 

En Costa Rica ya hemos visto esto durante mucho tiempo, particularmente dentro del sindicalismo, el feminismo o el activismo LGBT, donde cabecillas inescrupulosas han depositado confianza en el que parecía el mal menor, en el gobierno del PAC.

 

El gobierno burgués, por su parte, no ha duda en usar la confianza que depositan estos dirigentes para negociar con los partidos reaccionarios y con la Iglesia, aplicando un ajuste sobre los trabajadores y engañando al activismo LGBT y feminista.

 

¿A qué se debe que tanto las figuras imperialistas como los pequeños dirigentes usan el mal menor como criterio político fundamental?

 

Antonio Gramsci ya dio en el clavo a este respecto y con su lenguaje críptico (producto del encierro a que lo sometió el fascismo italiano) nos dice:

 

"Todo mal mayor se hace menor en relación con otro que es aún mayor, y así hasta el infinito. No se trata, pues, de otra cosa que de la forma que asume el proceso de adaptación a un movimiento regresivo, cuya evolución está dirigida por una fuerza eficiente, mientras que la fuerza antitética está resuelta a capitular progresivamente, a trechos cortos, y no de golpe, lo que contribuiría, por efecto psicológico condensado, a dar a luz a una fuerza contracorriente activa o, si ésta ya existiese, a reforzarla”

 

O sea cuando un movimiento político empieza a convertirse en reaccionario, a perder el terreno que ha alcanzado, a descender por debajo del límite que impuso, entonces sus dirigentes (“la fuerza eficiente”) crea una orientación política para que oprimidos y explotados se adapten a él. Pero esta adaptación debe ser paso a paso, porque si fuera de golpe entonces se crearían las condiciones para que una corriente revolucionaria se desarrollara o reforzara (“la fuerza contracorriente activa”)

 

Ahora bien, siempre hay alguien que puede hacer más daño que otro. Si alguien tiene una piedra y otro una AK 47 y hay que pelear con alguno, indiscutiblemente sería preferible enfrentar a la persona con la piedra, si es que uno mismo no tiene entrenamiento militar alguno.

 

Pero este reazonamiento que podría ser válido en una situación de vida o muerte, no es el mismo que se debe aplicar a fenómenos políticos ¿Por qué? Porque a diferencia de la batalla a golpes, las correlaciones de fuerzas que se establecen una vez garantizada una elección son más permanentes y fuertes que una pelea de golpes. Y estamos en un periodo general en que la decadencia del imperialismo estadounidense crean las condiciones para la adaptación a fenómenos reaccionarios, tanto dentro de los Estados Unidos como en los estados -como Costa Rica- que orbitan alrededor de los Estados Unidos.

 

La elección política es parte del movimiento de lucha de clases y si se comete un error lo más probable es que después se cometan otros, tal como demuestran hoy los dirigentes sindicales, feministas o LGBT, que de tanto depositar confianza en el gobierno terminan sin bases algunas para movilizar.

 

Como es un movimiento de lucha de clases no habrá nunca un momento posterior en que se pueda llevar a cabo un llamamiento para que el menos malo cumpla la agenda política por la cual oprimidos y explotados le dieron el voto, porque si se sigue la misma lógica, habrá algo más malo que evitar en el momento posterior y así hasta el infinito, como señala Gramsci.

 

Nunca habrá un momento donde Clinton llegue a un encuentro de mujeres a plantear su agenda feminista, ni donde Trump defina cómo defenderá el trabajo de la clase obrera. Una vez depositada la confianza en los políticos de la dominación y opresión no hay vuelta atrás, no va a haber un momento donde detengamos el tiempo y llamemos a la reflexión a quienes nos han traicionado.

 

Las decisiones los seres humanos las tomamos dentro de condiciones que no escogemos, pero sí tenemos libertad de escoger nuestra posición política. Los revolucionarios y las revolucionarias tomamos ese instante en que hay una discusión política para sembrar en las cabezas de oprimidos y explotados la idea indestructible de que oprimidos y explotados solo deben confiar, como mínimo, en oprimidos y explotados y a veces ni siquiera, pues algunos oprimidos prefieren ser seguidores fieles de los dueños antes que ser agentes de la revolución social.

 

Jugarnos por nuestra propia política, por nuestras propias ideas, por nuestras propias valoraciones; juntando y orientando a todos quienes podamos. La fortaleza reside en nuestra fuerza y nuestra conciencia clara sobre quiénes sean nuestros enemigos políticos, quienes nuestros amigos y quienes nuestros camaradas.

 

¿Dónde nos lleva la elección del mal menor? A la continuidad de la vida oprimida y explotada, al movimiento de adaptación a ese régimen, como agudamente señala Gramsci. Una posición férrea de independencia política, por otro lado, es la fuerza antitética, la fuerza opositora capaz de engendrar un movimiento no de adaptación, sino de revolución.

 

Tal es el ángulo que estratégicamente debemos asumir en todas las batallas que vienen en la medida en que la decadencia del imperialismo norteamericano se profundice y nuestras sociedades sientan cada vez más la presión del mal menor.

 

 

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